Conservantes: qué son, cuáles son los más comunes y cuáles vigilar

Publicado: 3 de julio de 2024
Modificado: 5 de agosto de 2026

Los conservantes evitan que los alimentos se estropeen, y algunos previenen intoxicaciones graves. No son un enemigo por definición. Los aprobados se usan con límites de seguridad, y solo uno tiene una preocupación de peso: los nitritos de las carnes procesadas.

Conservantes en los alimentos
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Como dietista, el miedo a la "E" de la etiqueta me llega a diario, casi siempre mal dirigido. Te explico qué son los conservantes, cuáles son los más comunes, cuál sí conviene vigilar de verdad y por qué fijarte en el número "E" suele distraerte de lo que de verdad importa en un alimento.

Puntos clave:
  • Los conservantes evitan que los alimentos se estropeen y, en algunos casos, previenen intoxicaciones graves como el botulismo: no todos son un enemigo.
  • Los aprobados en la UE tienen límites de uso con margen de seguridad; la "E" de la etiqueta no significa peligro.
  • Sí hay una preocupación real: los nitritos de las carnes procesadas, que la OMS clasifica como cancerígenas por su relación con el cáncer colorrectal.
  • El problema casi nunca es el conservante suelto, sino el ultraprocesado que lo lleva.

ⓘ Sobre este contenido

Este artículo tiene fines informativos y base científica. No sustituye una pauta individualizada. Si tienes asma, alergias alimentarias o una sensibilidad conocida a algún aditivo, sigue la indicación de tu profesional sobre qué evitar.

Qué son los conservantes y por qué existen

Antes de decidir a cuáles temer conviene entender qué hacen y por qué se añaden, porque el relato de que son "veneno que meten en la comida" ignora la razón por la que existen. Algunos son tan antiguos como la humanidad, y al menos uno evita una enfermedad mortal.

Para qué sirven

Un conservante es una sustancia que retrasa el deterioro de un alimento, ya sea por microbios (bacterias, mohos, levaduras) o por oxidación. Su trabajo es evitar que la comida se pudra, enrancie o se llene de gérmenes antes de que te la comas. Eso alarga la vida útil, reduce el desperdicio y permite que un alimento viaje y se almacene sin volverse peligroso.

Visto así, el conservante no es un capricho de la industria, sino una respuesta a un problema real: la comida se estropea, y la comida estropeada enferma. Antes de los conservantes modernos, la humanidad ya salaba, ahumaba y encurtía para lo mismo. La diferencia es que hoy conocemos mejor qué sustancias funcionan, en qué dosis y con qué seguridad. Que exista una alternativa "sin conservantes" no la hace automáticamente mejor: a veces solo significa que caduca antes.

El que evita una enfermedad mortal

El mejor ejemplo de conservante útil son los nitritos, los mismos que luego aparecen en la parte polémica de esta historia. Además de dar color y sabor a los embutidos, los nitritos evitan el crecimiento de la bacteria Clostridium botulinum, responsable del botulismo, una intoxicación rara pero potencialmente mortal que puede desarrollarse en carnes curadas y conservas mal tratadas (EFSA, 2017).

Esto es importante para el equilibrio del asunto. Los nitritos tienen una pega real, que veremos, pero también cumplen una función de seguridad que no es menor. Quitarlos sin más de ciertos productos no es gratis: cambia un riesgo pequeño y a largo plazo por otro más raro pero inmediato y grave. Los conservantes, en general, existen porque resuelven un problema, y a veces ese problema es que la comida te mande al hospital esta misma semana.

Qué significa la "E" de la etiqueta

La letra "E" seguida de un número no es un código de peligro, aunque el marketing del miedo la haya convertido en eso. Significa que ese aditivo ha sido evaluado y autorizado para su uso en la Unión Europea, con un número asignado para identificarlo. Un "E" es, literalmente, un sello de que la sustancia ha pasado un proceso de aprobación, no una advertencia.

De hecho, muchas "E" son sustancias de lo más cotidiano. El E-300 es la vitamina C, el E-330 es el ácido cítrico del limón. Ver una "E" en la etiqueta y asustarse es como asustarse de una palabra por estar en un idioma que no entiendes. Lo relevante no es que un aditivo tenga número, sino cuál es, para qué está y en qué tipo de alimento aparece. La "E" no dice si algo es sano; solo dice que está identificado y regulado.

Los conservantes más comunes

Conviene ponerles nombre, porque conocerlos desactiva buena parte del miedo. Van desde los de toda la vida, que tienes en la cocina, hasta los que aparecen con número en las etiquetas, y en su mayoría son sustancias con un largo historial de uso seguro.

Los de toda la vida

Los conservantes más antiguos ni siquiera llevan "E" en la cabeza de la gente, aunque hacen exactamente el mismo trabajo. La sal conserva deshidratando el alimento y frenando a los microbios, y por eso se lleva usando milenios en salazones. El azúcar hace algo parecido en mermeladas y confituras. El vinagre, es decir el ácido acético, conserva acidificando el medio, que es la base de todos los encurtidos.

Estos tres son un buen recordatorio de que "conservante" no es sinónimo de "químico sospechoso de laboratorio". Son procesos de conservación que tu abuela usaba y que nadie considera peligrosos. La diferencia con los aditivos modernos es sobre todo de precisión y de nombre, no de naturaleza. Un pepinillo en vinagre está tan "conservado" como un producto con un E en la etiqueta.

Los de la etiqueta

Luego están los que aparecen con número, y vale la pena reconocer los más habituales para que dejen de sonar a alarma. Los benzoatos (E-210 a E-213) frenan mohos y levaduras en refrescos y salsas. Los sorbatos (E-200 a E-203) hacen lo mismo en quesos, panes y bollería. Los sulfitos (E-220 a E-228) conservan vino, frutos secos y algunas conservas. Los nitritos y nitratos (E-249 a E-252) van en embutidos y curados. Y los propionatos (E-280 a E-283) evitan el moho del pan de molde.

Si sumas estos grupos a la sal, el azúcar y el vinagre, ya tienes de sobra los diez tipos de conservantes que cualquiera se encuentra en un supermercado. La inmensa mayoría de ellos son seguros en las cantidades autorizadas y no tienes por qué evitarlos. Reconocerlos sirve para lo contrario de asustarse: para saber que casi todo lo que ves en una etiqueta es rutina regulada, y poder centrar la atención en el único grupo que sí merece un matiz.

¿Cuáles hay que vigilar de verdad?

De toda la lista, solo un par de casos justifican prestarles atención, y por motivos distintos. Uno afecta a todos por su relación con el cáncer, y otro solo a personas sensibles. El resto, en un consumo normal, no da problemas que debas vigilar.

Los nitritos y la carne procesada

El caso con más peso es el de las carnes procesadas, que la agencia de investigación del cáncer de la OMS clasificó en 2015 como cancerígenas para el ser humano, su categoría de mayor evidencia, por su relación con el cáncer colorrectal (Bouvard et al., 2015). Parte del mecanismo propuesto pasa por los compuestos que se forman a partir de los nitritos usados para curarlas.

Aquí el matiz lo es todo, porque es fácil sacar la conclusión equivocada. Lo que está clasificado como cancerígeno es la carne procesada como alimento (embutidos, salchichas, bacon), no el conservante E-250 aislado en cualquier producto.

La agencia estimó que cada ración diaria de unos 50 gramos de carne procesada se asociaba a alrededor de un 18% más de riesgo de cáncer colorrectal, un aumento relativo que sobre un riesgo de base moderado sigue siendo pequeño en términos absolutos. La lectura sensata no es "los nitritos son veneno", sino moderar el consumo de carne procesada, que es donde se concentra el problema real.

Los sulfitos y las personas sensibles

El otro grupo a tener en cuenta son los sulfitos, pero por una razón distinta y que afecta solo a una parte de la población. Los sulfitos pueden desencadenar reacciones en personas sensibles, sobre todo en algunas personas con asma, que pueden notar síntomas respiratorios tras consumirlos (EFSA, 2016). Por eso su presencia debe declararse siempre en la etiqueta como alérgeno.

Para la mayoría de la gente, los sulfitos del vino o de los frutos secos no suponen ningún problema a las cantidades habituales. La diferencia con los nitritos es clave: los nitritos son una cuestión de cantidad y de tipo de alimento para toda la población, mientras que los sulfitos son una cuestión de sensibilidad individual. Si no eres sensible, no tienes que hacer nada especial; si lo eres, ya sueles saberlo y basta con leer la etiqueta, que por ley los declara.

Por qué la "E" no es el enemigo

Dado todo lo anterior, la costumbre de escanear etiquetas buscando "E" para huir de ellas es un mal filtro, porque mezcla lo inofensivo con lo relevante y deja pasar lo que de verdad importa. Es lo que se llama quimiofobia: el miedo a un nombre por sonar a laboratorio, al margen de lo que la sustancia haga.

El problema de ese filtro es doble. Por un lado, te hace temer sustancias inocuas como la vitamina C o el ácido cítrico solo por llevar número. Por otro, y más grave, te distrae del dato que sí predice si un alimento te conviene, que casi nunca es un aditivo concreto, sino qué tipo de alimento es.

Un producto ultraprocesado no es peor por el conservante que lleva, sino por su combinación de exceso de sal, azúcares, grasas de mala calidad y densidad calórica. El conservante es el mensajero, no el mensaje. Perseguir la "E" es mirar el dedo en lugar de la luna.

Qué hacer de verdad con los conservantes

Si lo que quieres es comer mejor, la buena noticia es que no necesitas memorizar una lista negra de números ni llevar una lupa al supermercado. La estrategia que funciona es más sencilla y ataca el problema por donde de verdad está.

El movimiento que más rinde es basar tu alimentación en comida poco procesada: verdura, fruta, legumbre, cereales integrales, huevos, pescado, carne fresca. Esos alimentos apenas necesitan conservantes, así que el problema de los aditivos casi desaparece solo, sin que tengas que vigilar ninguna etiqueta. Cuanto más se parezca tu carro a comida de verdad y menos a paquetes, menos relevante se vuelve toda esta discusión.

Con los productos que sí llevan conservantes, el criterio es de sentido común y de cantidad. Modera de forma consciente la carne procesada, que es el caso con evidencia de peso, y trata el resto de aditivos aprobados con tranquilidad, porque en un patrón general saludable no son el factor que decide nada.

Leer la etiqueta sigue siendo útil, pero para valorar el conjunto del alimento (sal, azúcar, tipo de grasa, grado de procesado), no para cazar la letra "E". Comer comida de verdad resuelve el problema de los conservantes sin necesidad de estudiarlos.

No es la letra, es el alimento

Hay una idea que reordena todo este tema. El miedo a los conservantes funciona como una lupa colocada en el sitio equivocado: enfoca con precisión un número de la etiqueta mientras deja fuera de plano el alimento entero al que ese número pertenece. Y es el alimento entero, no el aditivo, lo que va a influir en tu salud.

Cuando alguien elige una versión "sin conservantes" de un producto poco recomendable, ha ganado la batalla que no importaba y perdido de vista la que sí. Una galleta sin conservantes sigue siendo una galleta; un embutido "artesano" sigue siendo carne procesada. Por eso la pregunta útil frente a una etiqueta no es "¿qué "E" lleva?", sino "¿qué es esto, y cuánto sitio quiero que ocupe en mi dieta?". Esa pregunta te lleva siempre al alimento, que es donde estaba la respuesta desde el principio.

Preguntas frecuentes

¿Son malos todos los conservantes?

No. La mayoría de los conservantes autorizados son seguros en las cantidades permitidas, y algunos cumplen una función de seguridad importante, como los nitritos que previenen el botulismo en los curados. El único caso con una preocupación de salud de peso es el de las carnes procesadas, y ahí la recomendación es moderar el alimento, no temer al aditivo en abstracto. Meter a todos los conservantes en el mismo saco de "malos" no se sostiene.

¿Los alimentos "sin conservantes" son más sanos?

No necesariamente. "Sin conservantes" es un reclamo de marketing que no dice nada sobre la calidad del alimento: una bollería sin conservantes tiene el mismo azúcar y las mismas grasas que otra que sí los lleve. Además, esos productos suelen caducar antes, así que hay que vigilar más su conservación. Lo que hace sano a un alimento es lo que es, no la ausencia de una letra en su etiqueta.

¿El jamón y el embutido son peligrosos por los nitritos?

La carne procesada está clasificada como cancerígena por su relación con el cáncer colorrectal, y los nitritos participan en el mecanismo, pero eso no convierte una loncha en un veneno. El aumento de riesgo se asocia al consumo habitual y elevado, no a comerlo de vez en cuando. La recomendación razonable es moderarlo y no hacerlo un básico diario, igual que con cualquier alimento con un consumo a vigilar, sin dramatizar un capricho ocasional.

¿Puedo ser alérgico o sensible a un conservante?

Sí, sobre todo a los sulfitos, que pueden provocar reacciones en personas sensibles, especialmente en algunas con asma. Por eso los sulfitos se declaran obligatoriamente en la etiqueta. Otros conservantes causan reacciones con mucha menos frecuencia. Si notas síntomas repetidos tras ciertos alimentos, lo útil es comentarlo con un médico para identificar la causa, en lugar de eliminar aditivos al azar de tu dieta.

  1. Bouvard V, Loomis D, Guyton KZ, et al. (IARC Monograph Working Group). Carcinogenicity of consumption of red and processed meat. Lancet Oncol. 2015;16(16):1599-600. https://doi.org/10.1016/S1470-2045(15)00444-1
  2. EFSA Panel on Food Additives and Nutrient Sources added to Food (ANS). Re-evaluation of potassium nitrite (E 249) and sodium nitrite (E 250) as food additives. EFSA Journal. 2017;15(6):4786. https://doi.org/10.2903/j.efsa.2017.4786
  3. EFSA Panel on Food Additives and Nutrient Sources added to Food (ANS). Scientific Opinion on the re-evaluation of sulfur dioxide (E 220), sodium sulfite (E 221) and related sulfites as food additives. EFSA Journal. 2016;14(4):4438. https://doi.org/10.2903/j.efsa.2016.4438
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